A unos cinco kilómetros de la ciudad de Montilla (Córdoba), circulando por la carretera que conecta esta localidad con Cabra: CO-5209 (P.K. 12), en el paraje conocido como Lagar de Rosarito, surge una gran mole pétrea entre un paisaje de campiña suavemente ondulado: Piedra Luenga, que constituye un claro ejemplo sobre la relación entre los recursos geológicos, en este caso un filón de oligisto, y su aprovechamiento antropológico desde la civilización romana, una explotación minera, siendo el peñón un referente para el municipio de Montilla.
1. INTRODUCCIÓN
El nacimiento de la minerÃa como el aprovechamiento humano de los recursos mineralógicos del suelo tuvo su origen con la llegada del propio hombre. Los restos arqueológicos procedentes del mundo prehistórico atestiguan ya el uso de minerales y rocas para fabricar herramientas, realizar adornos o elaborar pigmentos. Los materiales pétreos naturales nunca han sido utilizados por el hombre al azar, sino elegidos sobre la base de su apariencia externa (gemas, mármoles, Au, Ag…) o por sus propiedades fÃsico-quÃmicas (Fe, Cu, Pb, granito…), las cuales han permitido que ciertos minerales y rocas hayan quedado integrados en los procesos productivos de todas las civilizaciones humanas.
Entre los objetos de metal ampliamente demandados por las distintas sociedades históricas, el hierro ha ocupado casi siempre la primera posición al ser de uso cotidiano para casi todos los quehaceres diarios: agricultura, labores domésticas, construcción…
La gran actividad minera de la civilización romana se hizo especialmente intensa en Hispania, con explotaciones repartidas por todo el territorio, algunas de gran envergadura como las de Almadén o RÃo Tinto.
La mayor parte de las mineralizaciones romanas se han visto afectadas por nuevas etapas de actividad en relación directa con el auge minero experimentado durante los siglos XIX y XX, pero en algunos casos se conservan Ãntegramente las estructuras originales en todo su esplendor. Esto último se da en Piedra Luenga, uno de los yacimientos ferruginosos más importantes de la campiña cordobesa durante la romanización de Turdetania.
La dominación romana supuso también que los Ãberos adoptaran paulatinamente las formas de vida romanas, convirtiéndose asà la campiña cordobesa en una de las áreas más romanizadas y con mayor riqueza agrÃcola de toda la Bética.
Por los hallazgos arqueológicos sabemos que Montilla incrementó su población a partir de la época de Claudio (10 a.C.-54 d.C.), primer emperador de Roma, procediéndose a una expansión de poblados con una gran actividad agrÃcola. De las villas romanas excavadas en las proximidades del casco urbano montillano proceden diversos mosaicos, conducciones de agua, tégulas, molinos de piedra, objetos de bronce y cerámica, numerosas monedas, etc.
2. LA MINERÃA ROMANA
Para localizar un filón metálico, los romanos se valÃan, junto a observaciones del medio natural, de galerÃas que, descendiendo con fuertes pendientes, cruzaban los estratos superficiales hasta localizar la capa del mineral. A continuación, abrÃan un pozo que normalmente seguÃa la forma de la veta con el fin de ahorrar esfuerzos humanos. Tanto las galerÃas como los pozos solÃan ser estrechos y sus paredes fruto del fino trabajo realizado por los mineros con picos de hierro. 100
Para hacer las perforaciones utilizaban un método que ha sido corriente hasta el empleo de los actuales explosivos: la torrefacción, que consistÃa en hacer fuego junto a la roca, generalmente de leña, vertiéndole inmediatamente agua frÃa con la intención de resquebrajarla por efecto del cambio brusco de temperatura; seguidamente, los mineros seguÃan excavando con el pico. El mineral extraÃdo se limpiaba de impurezas y se trituraba para seleccionar aquellos pedazos de mayor riqueza férrica, cúprica, etc., los cuales eran decantados en piletas con agua. La fundición del metal solÃa realizarse cerca de la mina. (Ver Lámina 1).
El interior de la mina romana quedaba iluminado gracias a lámparas de arcilla cocida (lucernas) que funcionaban con aceite, normalmente de oliva, las cuales eran colocadas, cada cierto tramo, sobre pequeñas oquedades excavadas en la roca (lucernarios). El transporte del mineral desde las galerÃas hasta el exterior tuvo que ser una operación muy penosa que los propios mineros realizaban manualmente con espuertas y capazos; en las bocas de los pozos se instalaban tornos rudimentarios para izar la carga.
Las minas de hierro exigÃan menos inversión en la extracción del mineral y en la conservación de las mismas que aquellas destinadas al suministro de metales con el fin de acuñar moneda: oro, plata y bronce. Según DAVIES (1935), el hierro era producido normalmente por trabajadores independientes. Respecto a este metal (Fe), decir que a pesar de ser el más abundante en las minas del Imperio Romano, ha sido el menos estudiado hasta el momento. Y es que como norma general los yacimientos ferruginosos, aun siendo muy numerosos en aquella época, no fueron explotados especÃficamente, sino de forma subsidiaria en relación con las explotaciones de cobre y plomo-plata.
Las explotaciones mineras en la PenÃnsula Ibérica contribuyeron poderosamente al desarrollo del Imperio Romano, debido, sobre todo, a los metales preciosos (oro y plata), que cubrÃan todos los gastos de la guerra, y al hierro (magnetita, oligisto, siderita, limonita, etc.), utilizado en la fabricación de armas y demás utensilios (armaduras, cascos…) para las legiones.
Con palabras admirables habló del hierro turdetano el geógrafo e historiador griego ESTRABÓN: «En cuanto a la riqueza de sus metales no es posible exagerar el elogio de la Turdetania y de la región lindante. Porque en ninguna parte del mundo se han encontrado hasta hoy ni oro, ni plata, ni cobre, ni hierro en tal cantidad y calidad».1
Entre los metales de cobre, plomo, plata, estaño y hierro presentes en la provincia de Córdoba, el hierro representa en torno al 6 por ciento de los yacimientos catalogados oficialmente, según datos del Mapa Geológico Minero de AndalucÃa (1985, pág. 79-102). Por regla general son pequeños y su explotación no es rentable actualmente, lo cual no impide que durante otros periodos históricos ofrecieran un mayor interés. Se localizan en varios focos: cuenca del rÃo Guadajoz, municipio de Montilla, zona montañosa de Hornachuelos-Peñaflor, Sierra de Córdoba (capital), Villafranca de Córdoba y algunos puntos del Valle de Los Pedroches.
La génesis principal de los yacimientos ferruginosos cordobeses se dio con más frecuencia en el Cretáceo. Las especies minerales que más se prestaron a explotación fueron en primer lugar el oligisto y la magnetita, seguidos de la siderita y la pirita, que fueron realmente residuos en la extracción de cobres.
3. PIEDRA LUENGA
De gran interés geomorfológico a escala local, la imponente figura de Piedra Luenga se compone de rocas dolomÃticas, calizas y areniscas rojas, todas ellas de origen triásico, cuya fisonomÃa geológica más reciente (Holoceno) se debe principalmente a la erosión diferencial. Este prominente roquedo fue utilizado por el hombre desde los tiempos del CalcolÃtico.
Aún pueden observarse las huellas de nuestros antiguos pobladores romanos: galerÃas, escorias…, señales inequÃvocas de la industria minera que allà obtenÃa hierro mediante la extracción de oligisto2, un mineral pesado compuesto por óxido férrico (Fe2O3) que constituye una importante mena para este metal (hasta un 70%).
Piedra Luenga es un cerro testigo alargado en dirección NE-SO que antiguamente presentaba un filón vertical de oligisto en su pie sureste, cuya capa fue vaciada lentamente a través de una grieta larga y estrecha que alcanzó los 56 metros de profundidad. Este filón ahuecado puede ser observado hoy en dÃa con sumo cuidado. A los pies de la mina se han encontrado restos arqueológicos (ánforas, cerámica, tejas, etc.) de un antiguo poblado romano, cuyos habitantes tenÃan allà su quehacer diario. (Ver Lámina 2).
En tiempos de la Bética, la mineralización de Piedra Luenga era tan rica y abundante que la caja del filón se vaciaba en su totalidad. Para mantener la estabilidad de las diaclasas originadas, sobre todo cuando sus paredes quedaban muy próximas entre sÃ, los romanos empleaban tirantas de madera, cuyas mortajas aún son visibles en forma de huecos contrapuestos. Los descensos a la mina se realizaban mediante una rampa existente por su extremo noroeste.
La extracción antigua todavÃa es visible por algunas escombreras caracterÃsticas esparcidas en los alrededores de la pretérita mina romana, fácilmente identificables debido a su tonalidad rojiza. Un torno de madera con sogas elevaba los rojos y metálicos minerales (oligisto) a través de las grietas aún existentes; luego eran transportados hacia un horno de fundición, donde se les extraÃa su hierro útil. La explotación de oligisto continuó muy levemente hasta principios del siglo XX.
Sin miedo a que, como dirÃa Astérix, se nos cayera el cielo (menhir) sobre nuestras cabezas, fuimos a visitar la colina de Piedra Luenga, demolida en su mitad cuando se construyó la carretera CO-5209 (Montilla-Cabra), donde ambos quedamos impresionados con su relieve, flora y fauna. Entre las especies avÃcolas que hospedan el peñón destacan pequeñas rapaces en busca de lugares tranquilos donde poder anidar o descansar: cernÃcalos, aguiluchos, mochuelos, etc. Sobre la base umbrÃa del roquedal vegetan especies herbáceas (tomillares, helechos de porte reducido…) y algunos árboles frutales (higueras, almendros…); en los alrededores: un paisaje de olivares y viñedos. (Ver Lámina 3).
Según algunos geólogos, el afloramiento rocoso de Piedra Luenga, una de las primeras estribaciones Subbéticas en la campiña cordobesa, puede seguir elevándose debido a la interacción tectónica entre la placa Africana con la Euroasiática.
4. CONCLUSIONES
Durante la romanización de Hispania se acometieron en las minas, por primera vez y de forma generalizada, técnicas y trabajos basados en la planificación y estructuración de las labores mineras. Para ello, además de introducir sistemas técnicos novedosos derivados de otras disciplinas cientÃficas: agricultura, topografÃa, hidráulica…, se aplicaron de forma intensiva y extensiva todos los medios mecánicos (torno, forja, horno…) y energéticos (agua, fuego…) disponibles para las actividades mineras. Por lo tanto, podemos afirmar que durante la civilización romana surgió la IngenierÃa de Minas como tal disciplina.
A través del presente trabajo hemos podido ver brevemente cómo el saber humano ha intervenido a lo largo de la Historia Antigua en el proceso de la extracción y elaboración del hierro. Posteriormente, hemos analizado una pequeña pero singular mina romana de cuyo interior se obtenÃa oligisto, un mineral rico en óxido férrico.
El desarrollo histórico y la descripción de sus caracterÃsticas naturales podrán servir para que la pretérita mina, explotada bajo el Imperio Romano, recobre su antigua importancia socioeconómica, ahora desde un punto de vista paisajÃstico-cultural, y sea valorada tal y como se merece.
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